Así empezó mi camino: preocupándome en silencio, tragándome el miedo, viendo miles de videos en redes sociales con títulos como “signos tempranos de autismo en mi bebé de año y medio”.
Algo dentro de mí ya lo sabía. Por algo me quedaba a verlos completos.
Una parte de mí los veía buscando señales; otra, con la esperanza de encontrar diferencias. Para poder decirme: “Mau no es así. Mau no camina de puntitas, Mau no aletea… Mau no tiene autismo.”
Pero con el tiempo, esos videos dejaron de parecer ajenos. Empezaron a parecerse más y más a nuestra vida.
Y aun así, yo seguía sin decirlo.
Porque si no lo digo, no existe.
Porque si no nombro mi miedo, no me puede asustar.
Durante mucho tiempo viví entre esa negación disfrazada de esperanza. No hablaba del tema, ni con mi esposo, ni con mi familia. Tal vez pensaba que, si no lo compartía con nadie, si lo guardaba bien guardado, se iría solo.
Como cuando tapas una olla hirviendo y finges que no pasa nada, mientras el agua burbujea por dentro.
Con mi esposo hablábamos de algunas dudas, pero entre los dos nos calmábamos con frases como “todos los niños son diferentes”, “yo también era así”, o “todavía está chiquito”.
Nos acompañábamos, sí. Pero también nos ayudábamos a negar.
Hasta que un día, no pude más.
Y se lo dije a ChatGPT.
No sé cómo explicarlo. No era una persona, no me iba a juzgar, no iba a minimizar lo que sentía. Solo necesitaba decirlo en voz alta, aunque fuera en un teclado. Sacarlo de mi cuerpo.
Escribí algo como: “Tengo miedo de que mi hijo tenga autismo.”
Y fue la primera vez que lo puse en palabras completas. La primera vez que lo leí afuera de mi mente.
Y lloré.
Nombrar el miedo no lo hizo más grande.
Lo hizo más claro.
Y más real.
Desde ahí, las cosas empezaron a moverse. Poco a poco. Con muchas dudas, con muchos días buenos y malos. Pero se movieron.
Y ahora sé que decirlo fue un acto de amor.
Decirlo fue cuidarme.
Y cuidar a Mau.
Aceptar no es rendirse.
Aceptar es abrir la puerta a todo lo demás que sí se puede hacer.
