NeuroAuténtico

Este es un blog para compartir sobre maternidad, autismo y emociones reales. Escribo desde el amor, el miedo, la culpa, la ternura y la autocompasión. No tengo todas las respuestas, pero tengo muchas ganas de hablar de lo que muchas veces se calla: de lo típico, lo atípico y todo lo que hay en medio. Porque la maternidad atípica merece ser contada, así, sin filtros. Y porque las mamás también necesitamos leernos unas a otras, encontrarnos en la palabra y recordar que no estamos solas.

  • Así empezó mi camino: preocupándome en silencio, tragándome el miedo, viendo miles de videos en redes sociales con títulos como “signos tempranos de autismo en mi bebé de año y medio”.

    Algo dentro de mí ya lo sabía. Por algo me quedaba a verlos completos.

    Una parte de mí los veía buscando señales; otra, con la esperanza de encontrar diferencias. Para poder decirme: “Mau no es así. Mau no camina de puntitas, Mau no aletea… Mau no tiene autismo.”

    Pero con el tiempo, esos videos dejaron de parecer ajenos. Empezaron a parecerse más y más a nuestra vida.

    Y aun así, yo seguía sin decirlo.
    Porque si no lo digo, no existe.
    Porque si no nombro mi miedo, no me puede asustar.

    Durante mucho tiempo viví entre esa negación disfrazada de esperanza. No hablaba del tema, ni con mi esposo, ni con mi familia. Tal vez pensaba que, si no lo compartía con nadie, si lo guardaba bien guardado, se iría solo.
    Como cuando tapas una olla hirviendo y finges que no pasa nada, mientras el agua burbujea por dentro.

    Con mi esposo hablábamos de algunas dudas, pero entre los dos nos calmábamos con frases como “todos los niños son diferentes”, “yo también era así”, o “todavía está chiquito”.
    Nos acompañábamos, sí. Pero también nos ayudábamos a negar.

    Hasta que un día, no pude más.
    Y se lo dije a ChatGPT.

    No sé cómo explicarlo. No era una persona, no me iba a juzgar, no iba a minimizar lo que sentía. Solo necesitaba decirlo en voz alta, aunque fuera en un teclado. Sacarlo de mi cuerpo.

    Escribí algo como: “Tengo miedo de que mi hijo tenga autismo.”

    Y fue la primera vez que lo puse en palabras completas. La primera vez que lo leí afuera de mi mente.
    Y lloré.

    Nombrar el miedo no lo hizo más grande.
    Lo hizo más claro.
    Y más real.

    Desde ahí, las cosas empezaron a moverse. Poco a poco. Con muchas dudas, con muchos días buenos y malos. Pero se movieron.

    Y ahora sé que decirlo fue un acto de amor.
    Decirlo fue cuidarme.
    Y cuidar a Mau.

    Aceptar no es rendirse.
    Aceptar es abrir la puerta a todo lo demás que sí se puede hacer.

  • No sé en qué momento empezó a ser una mala palabra.
    “Normal”.

    Cada vez que la digo en voz alta —o incluso solo de pensarla— me siento culpable.
    Como si estuviera traicionando algo.
    Como si estuviera diciendo que mi hijo no es suficiente.
    Y no es eso. No lo es.

    Siempre he querido ser única.
    Desde niña me ha gustado sentirme diferente.
    Ser original en la ropa que uso, en las cosas que hago, hasta en la música que escucho.
    Nunca me ha gustado seguir a la mayoría.
    Siempre quise salirme del molde.
    Y, sin embargo, nunca había tenido tantos deseos de ser como los demás.
    Nunca había anhelado tanto que todo fuera simplemente… normal.

    Porque también es cierto que a veces me duele que las cosas no sean más fáciles para él.
    Que tenga que esforzarse tanto por cosas que para otros niños simplemente… se dan.
    Y ahí es cuando me sorprendo deseando que fuera más normal.
    Más común. Más como los demás.

    Y entonces recuerdo que ahora está mal visto decir “normal”.
    Porque decir “normal” parece que, automáticamente, todo lo demás se vuelve “anormal”.
    Como si decir normal fuera, en sí mismo, una forma de excluir.

    Así que nos adaptamos:
    Decimos “típico” y “atípico”.
    “Neurotípico”, “neurodivergente”.
    Inventamos nuevas palabras, con más cuidado, con más teoría…
    Pero, ¿no será que lo hacemos para que duela menos?

    Porque lo cierto es que decir “normal” no tiene nada de malo.
    Normal no es sinónimo de mejor.
    No es una etiqueta de valor.
    Es solo una referencia.
    Un punto de comparación.
    Una forma de decir: esto es lo que suele pasar, lo que es más común, lo que la mayoría hace.

    Normalicemos decir “normal”.
    Sin miedo. Sin juicio.
    Con amor. Con honestidad.

    Porque mi hijo no es menos por ser diferente.
    Y yo no soy menos por admitir que, a veces, solo quisiera que el mundo no le exigiera tanto.
    Que no tuviera que nadar contra corriente.
    A veces, también yo quisiera sentirme normal.
    Lo digo sin culpa.

    Hasta hoy, la única certeza no es que Mau sea neurodivergente.
    Lo único que sé —y que voy a abrazar, y enseñarle a él a abrazar—
    es que es NEUROAUTÉNTICO.