NeuroAuténtico

Este es un blog para compartir sobre maternidad, autismo y emociones reales. Escribo desde el amor, el miedo, la culpa, la ternura y la autocompasión. No tengo todas las respuestas, pero tengo muchas ganas de hablar de lo que muchas veces se calla: de lo típico, lo atípico y todo lo que hay en medio. Porque la maternidad atípica merece ser contada, así, sin filtros. Y porque las mamás también necesitamos leernos unas a otras, encontrarnos en la palabra y recordar que no estamos solas.

No sé en qué momento empezó a ser una mala palabra.
“Normal”.

Cada vez que la digo en voz alta —o incluso solo de pensarla— me siento culpable.
Como si estuviera traicionando algo.
Como si estuviera diciendo que mi hijo no es suficiente.
Y no es eso. No lo es.

Siempre he querido ser única.
Desde niña me ha gustado sentirme diferente.
Ser original en la ropa que uso, en las cosas que hago, hasta en la música que escucho.
Nunca me ha gustado seguir a la mayoría.
Siempre quise salirme del molde.
Y, sin embargo, nunca había tenido tantos deseos de ser como los demás.
Nunca había anhelado tanto que todo fuera simplemente… normal.

Porque también es cierto que a veces me duele que las cosas no sean más fáciles para él.
Que tenga que esforzarse tanto por cosas que para otros niños simplemente… se dan.
Y ahí es cuando me sorprendo deseando que fuera más normal.
Más común. Más como los demás.

Y entonces recuerdo que ahora está mal visto decir “normal”.
Porque decir “normal” parece que, automáticamente, todo lo demás se vuelve “anormal”.
Como si decir normal fuera, en sí mismo, una forma de excluir.

Así que nos adaptamos:
Decimos “típico” y “atípico”.
“Neurotípico”, “neurodivergente”.
Inventamos nuevas palabras, con más cuidado, con más teoría…
Pero, ¿no será que lo hacemos para que duela menos?

Porque lo cierto es que decir “normal” no tiene nada de malo.
Normal no es sinónimo de mejor.
No es una etiqueta de valor.
Es solo una referencia.
Un punto de comparación.
Una forma de decir: esto es lo que suele pasar, lo que es más común, lo que la mayoría hace.

Normalicemos decir “normal”.
Sin miedo. Sin juicio.
Con amor. Con honestidad.

Porque mi hijo no es menos por ser diferente.
Y yo no soy menos por admitir que, a veces, solo quisiera que el mundo no le exigiera tanto.
Que no tuviera que nadar contra corriente.
A veces, también yo quisiera sentirme normal.
Lo digo sin culpa.

Hasta hoy, la única certeza no es que Mau sea neurodivergente.
Lo único que sé —y que voy a abrazar, y enseñarle a él a abrazar—
es que es NEUROAUTÉNTICO.

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